Luego me dirigí hacia adentro del edificio, y me encuentro entonces con la Giannina Richiardi que está mirando el piso con las manos tomadas y el pelo le cubría la cara, decía mil cosas a un tiempo que no pude entender, me quedé mirándola largo rato, esperando a que me mirara o se diera cuenta de que yo estaba allí, tampoco atiné a decirle nada, y la dejo allí, tal como la encontré, sola en el pasillo hablándole a nadie, entró finalmente al edificio y me encuentro con todo el grupo de gente que nos había esperado en el jardín, todos felices y contentos, y cuando yo entré, se reían de mi con esa risa que pone la gente cuando espera que uno se de cuenta de algo.
De pronto comienza un temblor con ínfulas de terremoto, y hay un pánico que ahora que lo pienso podría haber sido medio falso, y yo instintivamente tomo a la persona que tenía al lado y la abrazo cubriéndola de un posible pedazo de techo que se desprendiera. Cuando me doy cuenta de que es la Carolina Carrasco, ya es demasiado tarde como para preguntarle porque ella, me miró y asustada se soltó de mi con patadas y combos al aire. Veo a la gente a mí alrededor y veo que el Martín Bravo comienza a correr hacia un pasillo y entiendo que debo seguirlo.
[Siempre que corro en los sueños, siento las piernas pesadísimas, es un esfuerzo sobrenatural mover un pie delante del otro y siento que no avanzo nada, pero mi esfuerzo es el que le pongo cuando corro lo más rápido que puedo en la vida real, generalmente mi carrera se acaba luego, remplazándose por otro sueño incoherente, cosa que aquí no me sucede]
Mientras corría por el pasillo, pensaba que bien podría ser esto una prueba de algo, que yo debía demostrar algo para que me dejaran vivir, pero no le encontraba mucho sentido, porque según yo, yo estaba allí para buscar a la persona que lloró realmente por mi muerte, que me amó en vida y no por otra cosa.
Cuando ya llegaba casi al final, me di cuenta de que llevaba mi mochila (se me había olvidado que la traía) y me la puse en un solo hombro, pero después pensé que estaba corriendo y que debía llegar al otro lado, y aunque tuviera la mochila llena de cosas que me ayudarían con mi propósito, me pesaba demasiado como para llegar al otro lado a tiempo, así que decidí botarla.
El Martín pasó al otro lado, y cuando se estaban cayendo las cortinas metálicas pasé yo, me cayeron encima, pero yo sentí su peso, no el dolor que debía sentir cuando cayeron en mi espalda, pero pude pasar.
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